Y poco después os hablé de mí y mi nuevo círculo de viciosos anónimos.
Pues bien, hoy os relataré qué ocurrió cuando estos amigos vinieron a jugar a las mazmorras...
Tatatachán....
Como en el búnker sólo tenemos 5 sillas, y éramos 6, a Sergio y a mí se nos ocurrió adentrarnos en las mazmorras, y explorar dentro del piso de REC (que está frente a mi casa) por si encontrábamos algo valioso.
Así pues, linterna en mano, abrimos la puerta. Nos movimos cautelosamente por el interior y ojeamos: muchos trastos, sí, pero nada de utilidad.
Y entonces, cuando ya nos íbamos, vi la puerta....
Tatatachán....
Era la primera vez que reparaba en ella. Vieja y gastada, parecía llevar siglos cerrada.
-No eres capaz de abrirla, le dije a Sergio.
-¿Qué no? Zas, zas... (La puerta se resistía). Pum! Patada. Se abrió de par en par.
-Whoooaaaala!! -Se me escapó- ¡¡Yo me largo de aquí!!
Volví al piso, avisé a todos para que vinieran y cogí otra linterna.
Salimos y el frío empezó a calarnos las piernas.
La puerta daba paso a una habitación grande, llena de muebles viejos amontonados y, en el centro, dispuesta como si de la habitación de torturas de Hostel se tratara, una silla enorme.
Pedimos permiso a los espíritus, cogimos la silla (con la promesa de devolverla más tarde) y salimos de allí.
Después de limpiarle una gruesa capa de polvo descubrí que es una silla bonita, yademás, en una esquina de la habitación había otra igual.
La verdad es que me apetece robarlas para que presidan mi mesa... Y echar un vistazo por si hubiera más cositas... Pero veo demasiadas películas de miedo y me temo que traigan "malas energías" consigo.
Lo que es de la mazmorra, se queda en la mazmorra.
Pero bueno, lo importante es que M. pudo usarla, quién si no:
y pudimos jugar toda la tarde...
Fin.